sábado, 3 de agosto de 2013

Emprender el vuelo.

Me di contra el suelo. Y me di cuenta de que este estaba frío, duro.

Reflexioné, y me di cuenta de que caí porque estaba elevada. Porque mantenía el vuelo.

Tus palabras, tus gestos... Me dieron alas. Propulsión. Me ayudaron a levantarme.

Volé porque encontré a alguien que confió en mi lo suficiente como para enseñarme a volar. Para darme alas.

Pero para ello, antes tuve que enseñarme a correr, sentir.
Alguien tuvo que confiar en mi para enseñarme que debía apretar a fondo, y que correr a veces era mejor que caminar.

Y llegamos al punto: para aprender a caminar, caímos. Nos levantamos, volvimos a caer y volvimos a intentarlo.

Por este motivo, es por lo que nos enseñaron a caminar antes que a volar. Para aprender a levantarnos en cada caída, y tener el valor suficiente como para comprender que las vistas mientras vuelas, valen la pena. Tener el valor suficiente como para levantarte, y emprender el vuelo una vez más. Más alto, mejor.

[Y eso, no lo enseña nadie. Lo aprendemos a la fuerza.]

Cada decisión.
Cada fracaso.
Cada acierto.
Cada mirada.
Cada paso.
Cada impulso.
Cada caída.
Cada día.

Historias.

Al final, solo somos historias. Historias construidas por los recuerdos que guardamos en nuestras memorias. Porque al final, es lo unico que poseemos.