Me di contra el suelo. Y me di cuenta de que este estaba frío, duro.
Reflexioné, y me di cuenta de que caí porque estaba elevada. Porque mantenía el vuelo.
Tus palabras, tus gestos... Me dieron alas. Propulsión. Me ayudaron a levantarme.
Volé porque encontré a alguien que confió en mi lo suficiente como para enseñarme a volar. Para darme alas.
Pero para ello, antes tuve que enseñarme a correr, sentir.
Alguien tuvo que confiar en mi para enseñarme que debía apretar a fondo, y que correr a veces era mejor que caminar.
Y llegamos al punto: para aprender a caminar, caímos. Nos levantamos, volvimos a caer y volvimos a intentarlo.
Por este motivo, es por lo que nos enseñaron a caminar antes que a volar. Para aprender a levantarnos en cada caída, y tener el valor suficiente como para comprender que las vistas mientras vuelas, valen la pena. Tener el valor suficiente como para levantarte, y emprender el vuelo una vez más. Más alto, mejor.
[Y eso, no lo enseña nadie. Lo aprendemos a la fuerza.]
Cada decisión.
Cada fracaso.
Cada acierto.
Cada mirada.
Cada paso.
Cada impulso.
Cada caída.
Cada día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario